Nací en Cesenatico en el año 1966. Mi carrera profesional en la cocina empezó en la Escuela de Hostelería de Castrocaro Terme, donde estuve tres años. Recibí mi primera nómina como cocinero a los 14 años de edad. Comencé a trabajar en mi pueblo, en un restaurante llamado «Al Gallo da Giorgio», donde solamente se servía pescado fresco.
Allí aprendí a tratar el pescado que llegaba todos los días a la cocina traído por los pescadores recién tomada tierra en el puerto. Aprendí a no mezclar sabores entre sí y a respetar las materias primas. «Cuando tienes productos como el lenguado, la lubina, el rodaballo, etc., Giorgio, el propietario del restaurante, me decía, siempre poca sal y poco cocinado e vviva “Giorgio.” |
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Después, me fui con el maestro Amati Salvatore, un grande de la pastelería italiana. Me enseñó el respeto al trabajo, a la puntualidad, a la disciplina y al orden. Pero, sobre todo, me transmitió el amor por la pastelería y sus cremitas, especialmente la pastelera, que hoy todavía elaboro como él me enseñó allá en 1983. ¡Qué broncas me echaba el maestro Amati cuando llegaba 10 minutos tarde! Me decía: «Fabio noche de león y mañana de co..........». Hoy todavía le doy las gracias por haberme descubierto sus trucos. Cuando tuve que cumplir el servicio militar, adivinen donde me tocó, ¡en la mesa de los oficiales en Vittorio Veneto! Tenía que preparar la comida a 12 generales del ejército. Me puse regordete de lo bien que practicaba con ellos. |
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Tanto es así que pude ver la final del Mundial de Fútbol de México sentado en primera fila en la sala de oficiales junto a tantas estrellas… Aquella noche había mas allí que en todo el cielo. A falta de 10 días para terminar el servicio militar embarqué en Miami dirección al Caribe. El barco era para 1800 pasajeros y había más de 72 cocineros, una experiencia única. Como anécdota contaré que todos los jueves cocinaba más de 200 solomillos de vaca y los viernes hacía unas 1200 hamburguesas bleu, es decir casi cruda. Al volver a casa inauguré un pequeño restaurante con capacidad para 30 personas y empecé a cocinar sin saber bien lo que metía en el plato, si americano, italiano, puertorriqueño o mexicano. |
Decidí salir otra vez de Italia, esta vez hacia una de las mejores escuelas del mundo, Suiza. ¡Qué país más bonito! El destino fue un pueblo perdido en las nieves donde las vacas, hoy todavía, hacen sus necesidades en medio de la calle. Hablo de Gstaad, el pueblo de la jet set mundial, lleno de chales con nombres propios. ¡Ay, cuántas noches sin comerme una rosca en el «Greengo del Palace»!, un hotel donde la habitación cuesta 800 € sin desayuno. Allí sí que, o aprendes la disciplina, o te vuelves a casa sin nada de nada. Yo, afortunadamente, quería aprender de esos cocineros renombrados.
Aguanté 3 años hasta que conocí a una españolita de nombre Elena. Un día me dijo «Me vuelvo a Madrid», yo respondí «cocineros necesitan en todo el mundo», y la seguí. Aquí empieza mi aventura española con un gran maestro que me introdujo en su cocina: Pedro Larumbe. Gracias a él estoy hoy contando esto, gracias Pedro. ¡Cuántas anchoas limpié en el restaurante «Cabo Mayor»!. Hasta el punto de que, después de ducharme en casa, mi novia Elena -hoy mi mujer- me decía: «Fabio, ¿te has duchado?» Imaginaros el olor que desprendía. |

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En Cabo Mayor, aprendí el español de la calle, entre madrileños, cántabros, filipinos, etc, que conformaban el personal de cocina. Hoy en día cuando hablo la gente me dice que no parezco italiano. |
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Los servicios eran de 200 a 250 comensales, ¡y yo limpiando anchoas del Cantábrico! ¡Qué bonito! Una noche, el jefe de cocina me dijo: "Pavarotti", -de todos era conocida mi afición a la ópera- móntate 30 ensaladas de bogavante que vamos a llenar el restaurante». Así fue, las vendimos todas -por cierto, cada una costaba 4200 viejas pesetas-. Un día me felicitaron por la ensalada en cuestión y salí al comedor a recibir las felicitaciones con la gran suerte de encontrarme con una multimillonaria que quería montar un restaurante. Así empezó mi aventura de cocinero independiente en Madrid. El restaurante se llamó «La Trovata», en la calle Jorge Juan nº 29 y estuve en él dos años maravillosos, hasta que un día me encontré en el comedor, con el señor Benito García que me brindó la oportunidad de trabajar en el restaurante más bonito de Madrid, el «Teatriz». |
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¡Qué cosas hace el hombre con dinero! Dediqué cinco años de mi vida al «Teatriz», cuya cocina era maravillosa, grande y cómoda. Ostenté el récord de tiramisús vendidos en un mes, ¡¡650 unidades!! «Evviva el Tiramisú de Fabio». Hacer felices a tantas personas cada día, a través de la cocina, me llena de orgullo. Una mañana de abril suena el teléfono de cocina, contesto como de costumbre y oigo: «Soy el cura, -Lezama, propietario de todo un imperio hostelero- quiero hablar contigo». Así empezó mi andadura en la Plaza de Oriente, en el restaurante «Don Giovanni». ¡Mamma mia!, allí, por su cercanía al Teatro Real, con todos los tenores del momento: Álvarez, Domingo, Pavarotti, Carreras, Florez, Sabattini, Machado -mi tenor preferido-, etc, etc.
Allí estuve trabajando tres años muy especiales de los que hoy guardo recuerdos inolvidables, dando de comer a los más prestigiosos músicos y cantantes del mundo. Tras un breve paso por ”El Obrador de Fabio” decidí comenzar una nueva aventura en "Gelati e Frulati da Fabio" preparando helados como me enseñaron cuando era pequeño en mi país. Dentro de poco comienzo una nueva andadura profesional de la que os dare cuenta en breve. |
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